Realizado por Sofía Toribio Díaz. Estudiante del Doble Grado en Relaciones Internacionales y Periodismo.

A veces creemos que la historia y la geopolítica se deciden únicamente con grandes discursos en salones de lujo o en esperpénticas cumbres diplomáticas. La realidad es que los imperios se tambalean en el barro, entre deudas, calles sucias y las prisas de quienes solo intentan sobrevivir o mantener su poder. De eso trata exactamente Roma, la magnífica serie que HBO y la BBC estrenaron en 2005.
La historia nos sitúa en el año 52 a. C., justo cuando Julio César vuelve victorioso de las Galias. Roma es una superpotencia mundial, pero por dentro está completamente rota: la corrupción institucional asfixia al Senado y la democracia hace aguas frente a la ambición de los generales. Lo genial de la serie es que no se plantea desde una óptica lejana como en los libros de texto, sino que es a través de los ojos de dos soldados rasos, Lucius Vorenus y Titus Pullo como consigue capturar la atención del espectador. Ver los tejemanejes del poder y las guerras civiles desde la perspectiva de dos hombres normales que luchan por pagar sus facturas y cuidar a sus familias cambia por completo la forma de entender y conectar con la historia. La serie es un retrato brutal y sin filtros de cómo se manejan los hilos de un país: el uso de la propaganda, del chantaje…
Roma engancha desde el primer minuto por sus personajes, pero lo que realmente perdura es la sensación de estar asomándose a los mecanismos invisibles que rigen el mundo. Al final, la serie nos recuerda que la caída de las grandes superpotencias no es un engranaje abstracto, sino una tragedia que se teje por pasiones humanas muy cotidianas: el miedo, la lealtad ciega, la soberbia y la necesidad de control. Y es ahí donde reside su mayor acierto, demostrando que por mucho que pasen los siglos, las luchas de poder de la antigua Roma y los dilemas de nuestra geopolítica contemporánea siguen compartiendo exactamente las mismas grietas.