Realizado por Noa Méndez Ramírez. Estudiante del doble grado de Relaciones Internacionales y Economía.

Quien se adentra en este libro debe estar dispuesto a aceptar la incomodidad. Lo que encierran sus páginas no son simples historias de ciencia ficción con los que las lágrimas brotan por el desolador desenlace y sus arduas descripciones de la vida en los campos de concentración. Va mucho más allá. Su obra trata de explicar cómo esa dura experiencia trasformó la psicología de los prisioneros y lo importante que fue esta para su supervivencia.
A lo largo del relato aprendes la dureza de verte obligado a vivir en condiciones infrahumanas, donde incluso quienes deberían ser tus iguales (kapos) pueden llegar a maltratarte más que los propios miembros de las SS, demostrando que el poder y la maldad desconocen de grupos o razas de personas, pudiendo aparecer en cualquier ser humano.
Hoy, más que nunca, nuestra generación debería leer este libro, porque permite acercar, aunque sea de forma ínfima, a todos aquellos que no lo vivieron, al sufrimiento de no reconocerte por no ser nada más que un cuerpo que se devora él mismo, de no saber que será de ti, de tu familia, de tu vida; de esa vida que te fue arrebatada sin explicación y aun sabiendo que no la hay, tratas inútilmente de buscarla, desolado.
No solo esa experiencia acabó con millones de personas en las cámaras de gas, sino que quienes sobrevivieron lidiaron con la “muerte emocional”. No se podía volver a atrás, vivirían con ello hasta el final de sus días, con la soledad, los traumas, el vacío emocional. Sus familiares no volverían, pero ellos tampoco.
Quizá si todo el mundo leyera este libro, seríamos más conscientes de las implicaciones de la guerra y de la importancia de elegir bien a nuestros representantes políticos. Somos afortunados de haber nacido en esta realidad política, pero nada dura para toda la vida, si la vida se desprecia y se da todo por sentado, cuando, en realidad, todo puede cambiar a golpe de plumazo. Nadie está exento del sufrimiento.
“Los escasos afortunados que sobrevivimos, gracias a una concatenación de casualidades o milagros -llámese como se quiera-, estamos convencidos de que los mejores no regresaron” Viktor Frankl.