ORGANIZACIÓN PARA EL FOMENTO DE LOS ESTUDIOS INTERNACIONALES

Corresponsalía- ¿Qué queda del Maastricht del 92?

Realizado por Candela Mateos. Estudiante de Relaciones Internacionales y Periodismo.

Plaza Vrijthof en Maastricht. Fuente: Maison Rowena.

Mi profesora Ana trabaja en Maastricht, vive en Bélgica y hace la compra en Alemania. Desde que llegué, en todos los negocios me hablan directamente en inglés. No saben de dónde soy, pero tienen interiorizada la multiculturalidad de la ciudad. En la universidad, alumnos de diez nacionalidades distintas compartimos aula cada mañana. En el conjunto de Maastricht conviven alrededor de 140 nacionalidades diferentes. Y a nadie se le hace extraño. Es el día a día.

En 1992 se firmó el Tratado de Maastricht, que daría nombre a la Unión Europea. Este introdujo formalmente la ciudadanía de la Unión, un paso más en la construcción de una Europa que fuera más allá de la cooperación entre Estados. Entonces, ser europeo era formar parte de un mismo proyecto y compartir derechos y valores. Tan simple y tan complicado como eso.

Hoy parece más complicado. Entre intereses nacionales y debates fronterizos, parece que hemos perdido ese proyecto común. La idea de una Europa unida sigue ahí, pero es difícil reconocerla cuando las divisiones protagonizan el debate público.

Treinta y cuatro años después, basta con recorrer Maastricht en bicicleta para encontrarse con los recuerdos físicos que la ciudad guarda del tratado: el edificio del Gobierno de la Provincia de Limburgo en el que se firmó o una plaza en el barrio de Céramique que lleva su nombre. Sin embargo, tras mi primer mes aquí, creo que su legado más importante se encuentra más allá de los monumentos, en la gente.

La vida en Maastricht te enseña una forma diferente de pensar en las fronteras. Aquí se vive cruzándolas. Se difuminan en el día a día, en la cotidianidad de coger un autobús o pasear por el mercado de los viernes, escuchando idiomas diferentes en cada puesto. Es parte de su encanto.

Ahora que las fronteras vuelven a ocupar el centro de tantos debates, vivir aquí me hace pensar en lo fácil que resulta olvidar lo que significa poder atravesarlas. En Maastricht, miles de ciudadanos de distintas procedencias se mueven a diario entre tres países, comparten esta ciudad y construyen una vida en ella, sin que esa convivencia necesite una explicación. Es en esa normalidad donde creo reconocer el sentido más tangible de aquel proyecto de unión.

Quizá ser europeo siga siendo precisamente eso: convivir bajo unos mismos principio, impedir que el país en el que nacemos determine dónde ni con quién hacemos nuestro día a día. Las fronteras aquí no desaparecen, pero existe la posibilidad de construir una vida que no quede limitada por ellas.


Quizá eso es lo que queda del Maastricht del 92: una ciudadanía europea que se reconoce en las calles, en los pequeños actos cotidianos. Una forma de vivir que, una vez experimentada, resulta difícil dejar de reconocer.

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