Realizado por Diego Martín Toloba. Estudiante de Relaciones Internacionales

Mi destino Erasmus no fue el que cabría imaginar para un estudiante de Relaciones Internacionales: lejos de las grandes ciudades, de las principales instituciones europeas, de las grandes compañías empresariales, y del bullicio que todo esto supone.
Mi llegada a Noruega no tuvo nada que ver con la experiencia de una persona que viene a este país únicamente para hacer turismo. Mis primeras semanas aquí, en Bø, no consistieron en recorrer por fiordos de película, islas con miradores inimaginables ni contemplar auroras boreales sobre una manta blanca de nieve.
Llegué a un pueblo con menos habitantes de los que puedes encontrar en una sola avenida de Madrid. El silencio apenas se veía interrumpido por el viento. Aquí parecía más habitual encontrase con animales que con grupos de personas. Las grandes reuniones de familiares y amigos en las calles, los restaurantes o las plazas, parecían reservadas para las películas. Poca vida se percibía en las calles.
Al principio, todo el contacto que tuve fue con estudiantes internacionales que se encontraban en la misma situación que yo. La Universidad nos organizó una semana de bienvenida llena de actividades, proporcionándonos, además, un espacio donde por fin podríamos interactuar con muchos jóvenes. Y es que, dejando a un lado a los estudiantes, la mayor parte de los habitantes del pueblo pertenecían a generaciones mayores.
Con el paso de las semanas, fui dándome cuenta de que lo valioso de este lugar, de la Noruega rural, era precisamente todo aquello que no era obra del ser humano ni dependía de él. Todo resultaba mucho más sencillo de lo que había conocido durante toda mi vida en Madrid. La felicidad y los momentos valiosos no se encontraban en la oferta de ocio de determinados servicios, sino en cada camino, en cada montaña, en cada prado y en cada ruta que, sabía, volvería a dejarme boquiabierto, igual que la anterior.
Acabé entendiendo que no es necesario buscar nada especial que hacer, ya que cualquier actividad sencilla me daba la oportunidad de disfrutar de un entorno natural como nunca lo había hecho. Así, poco a poco, he aprendido a vivir a otro ritmo.
Quizás, lo más complicado no ha sido acostumbrarme a estar lejos de casa, sino aprender que no siempre es necesario tener algo que hacer para aprovechar el tiempo, sino que también se puede disfrutar de cada día simplemente dejando que las cosas sucedan.