Realizado por Adrián Oprea Gera. Estudiante del Grado de Relaciones Internacionales

Para comenzar el relato sobre una de las ciudades más bellas y a la vez más históricas de Alemania, Passau, nos tenemos que remontar a 1805, cuando uno de los emperadores más famosos de la historia, llegó a este territorio.
No es otro que Napoleón, quien en 1805 tras lograr una victoria brillante en Ulm, su principal objetivo era llegar a Viena siguiendo el Danubio. Es aquí cuando llega a Passau, y se da cuenta del potencial estratégico que esta ciudad tenía al ser la entrada a Austria. Esta, no sería la única vez que estaría la ciudad ya que en esta primera visita, solamente se alojaría en ella un par de noches.
Sería en 1809 cuando se quedaría, obsesionándose con la ciudad y transformándola en todo un búnker del siglo XIX. Se cuenta, que cuando Napoleón llegó a Passau y miró desde las alturas la confluencia de los tres ríos, exclamó: «En toda Alemania no he visto ciudad más bella».
Pero cómo ya comentábamos antes, no sólo fue la belleza lo que enamoró al estratega, ya que donde veía paisaje, también veía barreras naturales contra Austria y una autopista fluvial para sus suministros.
En seguida se puso manos a la obra, centrándose en el Veste Oberhaus, el cual, antes de Napoleón, era la residencia de los Príncipes-Obispos, siendo un símbolo de poder religioso y feudal. Al ver su posición estratégica (frontera con Austria), Napoleón ordenó convertirla en una fortaleza fronteriza de primer orden. Mandó construir bastiones y fortificaciones modernas capaces de soportar artillería pesada. Las cuales todavía hoy se pueden ver las llamadas «Baterías de Napoleón» (Napoleonschanze) alrededor de toda la fortaleza.

Sin embargo, todo esto no vino gratis, trajo consigo el sufrimiento de todo el pueblo de Passau, tanto físico, como político. La ciudad, se vio inundad por decenas de miles de soldados franceses y aliados bávaros. A los cuales, eran los propios ciudadanos, quienes tenían que alojarles, esto significaba alimentarles, lavarles la ropa y soportar sus borracheras.
Passau quedó arruinada financieramente. Las tropas consumían todos los recursos: pan, carne, cerveza y forraje para los caballos. La «belleza» de la ciudad se vio empañada por el barro, los hospitales de campaña improvisados (la ciudad se llenó de heridos tras las batallas cercanas como la de Aspern-Essling) y la miseria.
Respecto al sufrimiento político que comentaba, es importante recalcar que Passau, fue durante siglos un estado independiente. Y fue bajo la presión y reordenación del mapa europeo instigada por Napoleón (la Secularización de 1803 y las guerras posteriores) que
Passau perdió su independencia. Baviera se alió con Napoleón y como recompensa por su lealtad, Napoleón «regaló» territorios a Baviera. Integrándose Passau así definitivamente en el Reino de Baviera. Avanzando un par de siglos, es irónico que el orgullo bávaro, de hoy en día, se deba a un emperador francés que usó la ciudad como peón de ajedrez.
Por último es importante ver la importancia real que esta ciudad tuvo en la campaña del Danubio de 1809. Napoleón llegó a la zona a mediados de abril. Passau era vital porque si los austriacos tomaban los puentes sobre el Eno (Inn) y el Danubio, cortaban la yugular del ejército francés. Al llegar y ver que sus aliados bávaros estaban desorganizados, Napoleón tomó el mando directo. Usó Passau para concentrar a las tropas del mariscal Masséna.
Ordenó construir una serie de reductos y trincheras en el lado norte de la fortaleza (hacia el bosque) para evitar que alguien se acercara sin ser visto, reforzó las murallas para soportar impactos de artillería pesada y convirtió la fortaleza en una prisión de estado y hospital militar masivo. Por último, el puente sobre el río Eno (Inn) era el cuello de botella. Napoleón ordenó protegerlo a toda costa porque era la única vía rápida para mover suministros hacia Viena.
Tras esto, podemos ver como Napoleón tenía razón, era la ciudad más bella, pero él se aseguró de que también fuera la más peligrosa para sus enemigos. La ciudad sobrevivió a su «amor tóxico» y hoy queda la belleza, mientras que los cañones ya callaron.