Realizado por Carla Prieto Suárez. Estudiante del Doble Grado en Relaciones Internacionales y Periodismo

Situémonos en el siguiente contexto: ya ha anochecido pese a que apenas son las seis de la tarde y acabas de llegar a la que para muchos es una de las ciudades más encantadoras de la región de la Toscana: Siena. Te adentras por una de las inmensas puertas de las que dispone su muralla y das con la parte antigua de la ciudad. Caminas por sus calles empedradas, hace frío y está mucho más oscuro de lo que una ciudad de cierta entidad debería estar. De repente, oyes unos cánticos de fondo y comienzas a ver a grupos de personas que, aún variopintas, comparten algo en común: todas llevan una pañoleta roja y azul. Al principio piensas que es una procesión; al fin y al cabo, estás en Italia, pero te sorprende. Haces una rápida búsqueda en internet y no encuentras nada que te indique que sea un día especial, se venere a algún santo o se celebre algo eclesiástico.
No entiendes nada, así que decides ir con ellos. Llevan un estandarte, pero en la oscuridad no llegas a ver qué se representa en él. Sinceramente, estás emocionado: las luces tenues, los pasos irregulares sobre los adoquines de piedra y esos cánticos sincronizados hacen que se te erice la piel. Intentas sacar a relucir el italiano que has estado aprendiendo estos últimos meses, pero no eres capaz de entender ni una de las palabras que, acompañadas por el ritmo, repiten en bucle y al unísono. Te parece un tanto sectario, pero a la vez estás cautivado por la escena.
Cerca de cien personas caminando con un profundo sentimiento hacia el mismo lugar… y tú detrás. Llegan a la Piazza del Campo, esa mítica plaza de ladrillo rojo que es seña de la zona y cuya inclinación sumada a su forma semicircular hace de aquella construcción arquitectónica todo un espectáculo.
Estás alucinando, no sabes que estás viendo, pero ellos siguen cantando. Se te acerca un hombre y en un italiano que sí comprendes te pregunta: ¿Qué contrada es? Y con eso se resuelve el misterio mientras la contrada de la Pantera camina en procesión alrededor de la plaza.
Siena arrastra un legado desconocido por muchos. La ciudad toscana se divide en 17 contradas que tienen su origen en la Edad Media. Aunque en sus primeras apariciones en textos medievales son más un indicativo topográfico que una forma de administración territorial, fueron evolucionando hasta convertirse en distritos. Su fundación guarda relación con la división de la ciudad para facilitar el suministro de compañías mercenarias que se contrataron en Siena en la lucha por lograr su independencia de Florencia.
Sin embargo, una contrada es mucho más que un barrio, un puñado de calles y vecinos. Una contrada es el máximo sentimiento de pertenencia e identidad entre sus ciudadanos. Es una emoción, son unos colores, un himno… una comunidad, a fin de cuentas. Entrar en una contrada es asumir un compromiso de por vida.
Aunque el tiempo las ha ido modelado con el fin de adaptarse a las nuevas eras y garantizar su permanencia, su estructura en esencia se ha mantenido a través de los siglos.
El Águila, la Oruga, el Caracol, la Lechuza, el Dragón, la Jirafa, el Puercoespín, el Unicornio, la Loba, la Concha, la Oca, la Ola, la Pantera, la Selva, la Tortuga, la Torre y el Valle del Carnero conforman los 17 distritos de la ciudad.
Cada contrada tiene su propio lema, ocupa unas determinadas calles, posee un museo que recoge su historia y tradición, dispone de un sistema de contradas aliadas, venera a un patrón y se asocia históricamente con una profesión. Por ejemplo, la contrada de la Oca (una de las más famosas por su historia y tradición) se representa con los colores blanco y verde, honran a Santa Catalina de Siena, históricamente la conformaban el gremio de los tintoreros y se rigen bajo el lema “Clangit ad arma” (“Llamado a las armas”).
Entre ellas siempre ha habido una sana rivalidad cuya máxima representación es el palio. Esta es una de las actividades más aclamadas de la ciudad. Durante unos pocos días en julio y agosto, su histórica plaza se llena de arena y las contradas pelearán por conseguir la victoria subidos a un caballo. Portando sus colores y con el peso de mantener la dignidad de su contrada, los fantini (jinetes) correrán con sus caballos buscando ser los primeros ¿El premio? Un palio, un estandarte de tela que indica la victoria y el orgullo de poseerlo durante todo un año, que es mucho más valioso que cualquier otro trofeo para las contradas sienesas. Esos días, en pleno verano abrasador, están cargados de tradición y de un profundo sentimiento, en los que la ciudad soporta sobre sus adoquines el peso de la historia y atrae a miles de turistas a la región.
Pasear por las calles de Siena tiene mucho más sentido cuando conoces su tradición y vas en busca de las distintas señas que te hacen percatarte por el territorio de qué contrada estás caminando. La ciudad tiene un ambiente peculiar, y ahora comprendo que la razón, probablemente, sea que por las venas de los sieneses corre algo más que sangre: corre el orgullo de pertenecer a algo importante.
