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Irán convulsiona: ser iraní a 4000 kilómetros de distancia – Capítulo 3

Realizado por Carla Prieto Suárez. Estudiante del Doble Grado en Relaciones Internacionales y Periodismo

CAPÍTULO 3: SOBRE UNA ALFOMBRA PERSA

Muchas noches, las charlas vivarachas se desplazan a alguna de nuestras habitaciones, habitualmente a la de Julie. El frío suelo de granito está cubierto por una preciosa alfombra persa de tonos rojos, donde todas nos sentamos a continuar hablando, debatiendo y en la mayoría de los casos riendo… pero estos días las risas son escasas.

Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando Simin nos dice que “no solo matan a la gente en Irán, también nos matan aquí a nosotros, con esta falta de información y este sufrimiento”. Casi 4000 kilómetros no son suficientes para alejarlas del dolor.

“Tengo amigas que me han preguntado cómo hago para no comerme la cabeza y estar pensando continuamente en esto… les contesto que todavía no lo he conseguido”, añade con una sonrisa triste.

Mientras tanto se sucede un intercambio de frases en farsi que, aunque no entiendo, sé que esconden palabras de apoyo. Se refugian las unas en las otras buscando un consuelo que no terminan de encontrar.

“Vivimos en un estado de nervios constante”, se sinceran. La cuarta de mis compañeras, Bella, asiente con gesto preocupado. Ella es de Hungría y, aunque allí también tienen lo suyo, dice que para nosotras (ella y yo) nos es imposible llegar a entender mínimamente por lo que están pasando. Ahora me doy cuenta del privilegio que eso supone.

Simin nos confiesa que le gustaría volver a ser una niña y, aunque puedo predecir la respuesta, le pregunto el porqué: “porque no tienes que pensar en estas cosas, de alguna forma estás segura”. Ella, que tanto defiende la madurez y las ventajas de la etapa adulta, elegiría volver a ser pequeña con tal de vivir ajena a la preocupación que esto le genera.

Nos enseñan vídeos de Teherán. En la calle no cabe un alma más, todos con un mismo objetivo: que el león, la espada y el sol vuelvan a ser los protagonistas de la bandera que se ice en Irán. Caminan únicamente iluminados por las linternas de sus teléfonos móviles porque los altos cargos del régimen han apagado las luces. Quieren dificultar las movilizaciones y, ya de paso, ocultar en la oscuridad las violaciones de derechos que se están llevando a cabo.

Entre muchas otras palabras sale a relucir Estados Unidos, porque en su estrategia de salvador imperialista Donald Trump ha amenazado con intervenir en Irán si el régimen prosigue con la violenta represión de los manifestantes. Es cuando Nazanin nos cuenta que al día siguiente viajará hasta Milán con unos amigos para participar en la protesta que se va a llevar a cabo frente a la embajada estadounidense. Quieren pedir ayuda, quieren que la administración americana se decida de una vez por todas a intervenir. Inmediatamente me viene a la cabeza la reciente situación de Venezuela. Les cuento mi opinión: si Trump entra en Irán será por el petróleo, no porque de repente se haya humanizado y quiera ayudar a sus ciudadanos; la democracia ha dejado de ser su objetivo. Ellas asienten, también lo tienen claro, pero entonces Nazanin argumenta: “Bajo este régimen, el pueblo no ve ni una pizca del dinero que genera el petróleo. Si se lo quedan ellos o los americanos me da igual. Solo quiero que nos devuelvan la libertad”.

El ansia de libertad, ese parece ser el motor que mantiene a flote todo esto. Una libertad de la que se han visto privadas durante la mayor parte de sus vidas. La teoría se confirma de nuevo cuando les pregunto si su percepción sobre Irán se ha visto alterada ahora que forman parte de la diáspora. Nazanin asiente con la cabeza, lo tiene claro: “sabía que no gozábamos de libertad, pero ahora que vivo aquí entiendo lo que significa”.

Se hace tarde, nos damos las buenas noches, con la esperanza de que haya suerte y mañana recibamos buenas noticias. Antes de salir por la puerta Julie me mira y sus ojos son sinceros cuando dice: “el día que Irán sea libre, ya nadie querrá viajar a Italia… es una verdadera joya”.

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