Realizado por Carla Prieto Suárez. Estudiante del Doble Grado en Relaciones Internacionales y Periodismo
Tras la vuelta de Navidad, algo ha cambiado en la casa que comparto con otras cuatro chicas. Su alegría, excentricidad y energía ahora se apagan rápido. Están mucho más pendientes del móvil y suspiran más frecuentemente. Mis compañeras de piso son iraníes y lo que les pasa es que tienen miedo.
Irán está viviendo momentos convulsos. Sus ciudadanos se han echado a la calle porque no soportan más vivir bajo el yugo de un régimen que mantiene a uno de los países más ricos en petróleo en la miseria.

CAPÍTULO 1: LA COCINA
Es una de esas noches en las que todas coincidimos a la vez en la cocina. Movimientos de platos, sartenes y variedad de ingredientes se mezclan con nuestras voces. Ellas están preocupadas y nos lo hacen saber.
“Han cortado internet y la red móvil, incluso los teléfonos fijos… ¿qué pretenden?”. Lleva días sin saber nada de su familia porque el régimen teocrático de los ayatolás, liderado por Alí Jamenei, ha llevado a cabo un bloqueo de las redes móviles e internet en todo su territorio con el presunto objetivo de dificultar la organización ciudadana de las protestas.
Simin tiene 35 años, es de Shiraz (al suroeste del país), pero lleva casi dos años viviendo en Florencia. Es doctorada en sociología y salió de Irán cansada de luchar por lo que otros llamaban cotidianidad y con la excusa perfecta: seguir estudiando y llegar a convertirse en la profesora de universidad con la que sueña ser.
Es la alegría personificada, podría ser la perfecta protagonista de una sitcom de estas en las que suenan risas de fondo. Pero está asustada. Por mucho que busque un futuro para sí misma, su sangre es iraní y todo lo que considera importante sigue allí.
Mientras revisa compulsivamente sus redes sociales donde lee titulares que hablan de la violenta represión que se está llevando a cabo contra los protestantes y observa cómo las cifras de asesinados ascienden sin pausa, expresa en voz alta su deseo de que su familia no haya salido a la calle.
Se sincera y nos dice que no puede exigirles que no lo hagan, “en mi familia siempre nos hemos echado a la calle contra el régimen, pero es peligroso”. Ella también quiere acabar con esto, pero no puede evitar pensar en las terribles consecuencias que puede conllevar. “Temo por mis primos, son jóvenes, son adolescentes, llevan la revolución en la sangre y no se les puede controlar. Ojalá tengan cuidado”.
Le pregunto si se siente culpable por estar en Italia en este preciso momento en vez de allí y, de primeras, lo niega muy convencida. “Ya me he enfrentado a esto y desde aquí no puedo hacer nada”. Entonces empieza a dudar, se lo replantea y acaba respondiendo con un: “creo que sí”.
Julie cree firmemente que este es el final. Su verdadero nombre es Mozghan, pero eligió uno más fácil de pronunciar al llegar a esta parte del mundo hace alrededor de cuatro años. Para mí, ella es la voz de la razón en esta casa. Es una mujer madura e inteligente que con la templanza que la caracteriza sabe bien exigirle a la vida lo que merece. Estos últimos días ha convertido sus redes sociales en una vía de activismo donde comparte contenido defendiendo la revolución con un claro mensaje: comienza la cuenta atrás.
Simin suspira, ella no está convencida de que lo consigan. Ojalá sí, pero nunca se sabe.
Pregunto, desde la total ignorancia, qué hace diferente a esta vez de las anteriores a lo que me responden con varios motivos: las protestas no se están llevando a cabo únicamente en las grandes ciudades, localidades de menor tamaño también se han echado a la calle; la situación del país es más complicada que otras veces, ya no es solo una cuestión política, sino que ahora también entra en juego la economía. El valor del rial, moneda oficial del país medioriental, ha alcanzado mínimos históricos. A lo que se suma una elevada inflación y una fuerte sequía que amenaza al país. Todo ello ha desatado la furia de unos ciudadanos ya descontentos contra un gobierno que no busca soluciones.
Por otro lado, Reza Pahlavi ha llamado a la movilización y ha manifestado su intención de regresar al país para liderar la transición en caso de que el régimen sea derrocado. Hijo del último sah que Irán conoció antes de que la Revolución de 1979 desencadenara su exilio y la posterior instauración del régimen islámico de los ayatolás, es considerado el príncipe heredero del antiguo Imperio persa en el hipotético escenario de una restauración monárquica. Según me cuentan, no realizó este tipo de declaraciones en las ocasiones anteriores y es lo que mantiene esperanzada a Nazanin, quien opina que “si la revolución no vence, todo irá a peor”.
Nazanin es la mayor de ellas; su nombre, que en farsi significa “la que es delicada y cariñosa” no le puede hacer más justicia. Es un trocito de pan. Esa noche llegaba de una manifestación en apoyo de sus compatriotas. “No había mucha gente, pero es mejor que nada”.
Julie, que al igual que Nazanin es originaria de la capital del país, se gira a mirarnos cuando dice “puede que se nos juzgue porque no estamos allí en las calles de Teherán jugándonos la vida, pero somos su voz fuera del país y considero que eso también es importante”. A ellas los ayatolás no han conseguido silenciarlas.
Cuando hemos terminado de cenar las chicas van saliendo de la cocina satisfechas, entonces quedamos Nazanin y yo. Ella terminando de recoger y yo buscando las palabras correctas para contar por lo que están pasando. Me pregunta qué escribo y cuando le cuento que busco transformar su experiencia en lo que ahora estáis leyendo sonríe y me da las gracias. Es sincera cuando lo dice, de verdad agradece que la gente hable de esto y que, como dice una de las cadenas que ha compartido en sus historias de Instagram: los ojos estén puestos en Irán.