Realizado por Carla Prieto Suárez. Estudiante del doble grado en Relaciones Internacionales y Periodismo.

Hace unos días vi por primera vez la película Come, reza, ama basada en la novela homónima en la que Elizabeth Gilbert narra su propia experiencia en un recorrido a través de tres países remotos donde busca encontrarse a sí misma de nuevo.
Puede que la película no sea extraordinaria, pero la magia está en que la vi desde Italia. Supongo que, al igual que si la hubiese visto desde la India o Bali, hubo algo que se removió dentro de mí. La autora (interpretada por Julia Roberts), viajaba a Italia para volver a disfrutar de la comida, para encontrar el placer en la necesidad biológica de nutrirse.
Pero pensándolo bien, y después de casi dos meses viviendo en este país, puedo decir que, para alcanzar los tres pilares que Elizabeth Gilbert buscaba afianzar y así alcanzar la estabilidad que tanto ansiaba, le habría bastado con quedarse en su primer destino: Italia.
COME
Italia se considera el país del disfrute, del gozo, de lo sensual… y ¿qué encaja mejor con todo ello que una buena comida?
Un bocado de esa pizza margherita recién salida del horno de piedra; un buen plato de pasta al pesto genovés donde sientes cómo la albahaca te refresca desde dentro; una schiacciata toscana rellena de auténtica mortadela de Bolonia, mozzarella y pistacho; esa cucharada de tiramisú con la fusión perfecta entre la suavidad del mascarpone y la esponjosidad del bizcocho; o un gelato que nada tiene que ver con los helados que hayas probado antes… podría seguir eternamente, pero creo que ya me he hecho entender.
Cuando ese es el panorama, solo queda gozarlo. Cada vez que un plato llega a ti, no puedes más que empuñar el tenedor, cerrar los ojos y dejar que todas y cada una de tus papilas gustativas absorban, sin prisa, la esencia italiana.
REZA
Aunque el rezo practicado en este país es muy contrario a la espiritualidad que Elizabeth Gilbert buscaba en la India, ¿qué hay más ligado a una tradición religiosa que un país cuya cultura se fundamenta en el catolicismo? Si bien la actual Italia es considerada un país laico, la sede del catolicismo cristiano se encuentra rodeada por su territorio y resulta muy complicado huir de su arraigada herencia.
Al pasear por la ciudad, es inevitable encontrarse con iglesias o templos cada pocos metros. Por un lado, están las imponentes catedrales renacentistas, en las que te ves obligado a inclinar la cabeza hasta el extremo del dolor con tal de no perderte la belleza de sus techos, de cada detalle cuidado y pensado para atraer al culto. Pero lo que más llama mi atención son todas aquellas pequeñas capillas o iglesias que pasan desapercibidas entre el ajetreo de las calles italianas y que, si andas un poco despistado, corres el riesgo de perderte. Ahí, entre un par de bloques de viviendas, aparece una joya, y no podrás evitar que tu mandíbula se abra porque ¡quién iba a imaginar que algo así estuviera allí!
La fe es algo que la mayoría de los italianos lleva dentro. Sobra un domingo en Nápoles o en cualquier ciudad de Sicilia para darte cuenta de la devoción, de lo entregados que están a sus santos. Sin embargo, creo que la fe va mucho más allá de la religión: se puede tener fe en la humanidad, en la ciencia… o incluso en no ser arrollado por cualquier motorista italiano promedio.
AMA
¡Oh, el amor! ¿Cuántos somos los que venimos a Italia en su búsqueda?
En mis primeras semanas, mis ojos solo eran capaces de percibir muestras de amor por las calles de Florencia. Solo tienes que parar un momento y mirar a tu alrededor para no perderte: ese par de enamorados que charlan entrelazando sus manos con el Ponte Vecchio de fondo; un padre que comparte un gelato al cioccolato con sus hijos, a pesar de que él preferiría cualquier otro sabor; o esa mujer que se para en la calle a acariciar a un perro, incapaz de resistirse a tanta ternura.
Al igual que la comida, el amor en Italia está íntimamente ligado a la pasión. Es inevitable pensar en esos hombres (porque siempre son hombres) desvergonzados, profundamente admiradores de la figura femenina, que llevan en la sangre el impulso irresistible de expresar lo “bella” que consideran a cada mujer con la que se cruzan.
Aquí, el amor está en las calles, en la música que suena de fondo, en el sol que te calienta la cara, en la sangre espesa de sus ciudadanos y en la belleza de la estética renacentista, romana o del estilo que sea, porque es Italia y, ante todo, hay arte.
Sinceramente, sí: es muy fácil enamorarse en Italia… pero no de un italiano, sino de su país.