Mujeres en Daloa: Contra la precariedad y sobre la migración

Estela Costas Gandón; Abidjan, Costa de Marfil; 18 de noviembre de 2021

Son las dos últimas horas de luz del día. Salimos de la carretera principal, caótica y atascada con taxis, y caminamos por otra carretera de tierra naranja poco transitada pero viva. Voy con el Doctor Tou Abou, consultor de la ONG Realic, y con Abdoulaye, ex trabajador de ONUCI. A los lados del camino, como en cada rincón poblado del trópico, hay puestos de fruta con aguacates, papayas y naranjas ordenadas en forma piramidal. Abdoulaye nos dirige a un portal. En el interior hay un patio de arena con dos casas a los lados y un corral al fondo. Es la casa de Aminata Touré, que nos recibe junto con cuatro de sus vecinas. Mientras hablamos, se escucha la llamada al rezo a través de los megáfonos de una mezquita cercana. Estamos en Daloa.

Daloa es el principal punto de partida de la migración clandestina de Costa de Marfil. Cada día, muchos jóvenes, afectados por la falta de oportunidades laborales, se aventuran a emprender una ruta incierta y peligrosa desde esta ciudad con la esperanza de poder mejorar la situación de extrema pobreza de sus familias. Para Aminata y sus vecinas, las historias de conocidos que han intentado migrar hacia el Magreb y Europa son cotidianas.

La tasa de desempleo en Daloa es altísima porque, a pesar de la gran producción agrícola que se mueve a sus alrededores, apenas hay industria. Y es esta situación la que ha obligado a cambiar los roles de género tradicionales dentro de la gestión familiar. Aproximadamente, el 80% de los hogares daloasinos está sustentado por mujeres. Ellas se han convertido en las «jefas» de la familia. Pero no habiendo ocupado los puestos que históricamente se habían reservado a sus maridos, sino que han asumido esta carga económica a base de actividades en el «petit commerce».

Estela Costas Gandón; Daloa, Costa de Marfil

Una forma de ahorro a la que recurren estas matriarcas para luchar contra la precariedad, popular en muchos otros Estados africanos, es la denominada «Tontine». El nombre de este sistema de crédito rotativo hace referencia a su inventor; un banquero italiano del siglo XVII: Lorenzo Tonti. El funcionamiento, explica Fatoumata, es simple: «imagínate que somos cinco y cada una de nosotras pone mil francos (alrededor de 1,5 euros). Cuando todas pagamos los mil francos, se sorteará quién de nosotras se lleva esos cinco mil francos totales. Y todas debemos pasar por cobrar cinco mil francos. Cada semana que nos reunamos, una de nosotras cobra». Fatoumata participa en un sistema de Tontines junto con otras veintiocho vecinas más. Cada domingo por la tarde, como muchas abuelas de cualquier punto de España en el que no llueva y haga frío, se reúnen «a la fresca». Pero ellas lo hacen para ejecutar contabilidad y finanzas. Así es que cada una entrega mil francos a la que han elegido presidenta. Después, en una caja se introducen los nombres de todas las participantes y se realiza el sorteo. Quien salga elegida, se llevará los 29.000 francos de la recaudación semanal. Y así todos los domingos.

La Tontine tiene además un marcado componente solidario. No es un banco. Es un sistema de ayuda mutua. Son una comunidad que intercambia sus preocupaciones vitales y gestiona los imprevistos desde la cooperación. De modo que, si hay alguna de las participantes en situación de emergencia, se priorizará su crédito y no se procederá al sorteo. «C’est comme ça qu’on s’aide»; así es como se ayudan, dice Aminata.

Aminata es la propietaria de una pequeña tienda de ultramarinos colindante a su domicilio. En la fachada está escrita la palabra «bazar» porque como ella explica, «hay un poco de todo». Pero en el momento en el que la visitamos, la oferta de productos es extremadamente limitada. Vende huevos, cebollas y sobres de leche en polvo y café instantáneo. Es lo que le queda hasta que pueda reponer el stock cuando sea su turno en el sistema de la Tontine. «Hoy es jueves. Y puedo rezar para que mi nombre salga elegido el domingo y así poder comprar diez kilos de arroz», cuenta Aminata.

La Tontine de Aminata y sus vecinas está compuesta exclusivamente por mujeres. Pero cuentan que, aunque no tan comunes, también las hay mixtas. Aún así, los usos y dinámicas de la Tontine están sujetos a diferencias de género. Las mujeres tienden a invertir en bienes inmediatos (comida) y suelen aportar pequeñas cantidades. Los hombres, por su parte, cotizan más (5.000 francos en lugar de 1.000) y son sustancialmente más en número de participantes (centenares en lugar de un par de decenas). Con lo cual, en palabras de Madame Cacou, cuando los hombres reciben su crédito pueden invertirlo en «un truc de bon»; es decir, algo bueno «de verdad». Un taxi. O un terreno para construir.

Estela Costas Gandón; Daloa, Costa de Marfil

Siendo Daloa el epicentro de partida de la migración clandestina, no sorprende que muchos de sus habitantes utilicen el crédito de la Tontine para migrar irregularmente. En muchos casos, son las propias madres las que incitan y promueven la migración de sus hijos. Pero cada vez más, los propios jóvenes crean sus sistemas de Tontine para autofinanciar sus viajes. No es raro que algunas madres de Daloa reciban la llamada inesperada de sus hijos comunicando que se han ido sin avisar a Bamako, a Uagadugú o a Niamey y que necesitan dinero. Para continuar el camino o para regresar. Muchos jóvenes también recurren a robar a sus propias familias: «un chico robó a su madre 160.000 francos (unos 250 euros) y se fue sin avisar a Trípoli. Por eso las madres suelen esconder su dinero».  

Lejos de lo que a menudo se cree, ni la información ni el conocimiento de la peligrosidad de la ruta bastan para frenar el fenómeno migratorio. Los esfuerzos institucionales basan parte de su estrategia en la sensibilización. El lema de la ONG que me ha dejado acompañarlos, Realic, lo manifiesta de forma clara: «La Méditerranée tue. Le pays est mieux» («El Mediterráneo mata. Es mejor quedarse»). Pero en realidad, estas palabras no impactan en la comunidad marfileña. En Daloa ya se comentan con asiduidad los eventos trágicos de personas próximas que han intentado llegar a Europa. Saben quién se ha quedado en el mar Mediterráneo. Conocen cuántas personas iban en la embarcación. Cuántas sobrevivieron. Cuántos días duró el naufragio. Y aún así, el panorama del país lo perciben tan desolador que deciden que les merece la pena intentarlo. A pesar de las consecuencias.

Cuando les pregunto directamente por historias de migración cercanas, se hace el silencio. Aminata lo rompe compartiendo la historia de su primo, que se fue en 2019 y volvió. «Se quedaron once días a la deriva. En el agua. En la misma embarcación iban unas setenta personas. Sin agua ni comida. Mi primo sobrevivió, pero muchos murieron». Cuando rescataron al primo de Aminata, lo encarcelaron durante tres meses en Libia. «Su familia pensaba que ya estaría en Europa viviendo la belle vie. Pero un día llamó a casa pidiendo dinero para poder regresar». A pesar de haber experimentado el trauma y la dureza de la ruta, el primo de Aminata quiso volver a intentarlo. No es una cuestión de información.

Otra historia que comparten es la de la antigua vicepresidenta de su sistema de Tontines, que perdió a su niña en el agua cuando se desplazaban juntas de Libia a Italia. Cuentan que la mujer continuó su viaje y que, por lo que han visto en las redes sociales, se ha instalado en Francia y se ha casado con un maliense. Este factor, el de las redes sociales, según Aminata, puede llegar a ser para los jóvenes un imán a la migración. «Los jóvenes ven que los amigos que han logrado llegar están viviendo una buena vida. Los ven bien vestidos. Y mientras tanto, ellos aquí no tienen nada. Piensan que la vida allí es fácil». Aminata manifiesta que ella no quiere que sus hijos se vayan, pero que es la situación la que puede que les empuje a hacerlo. «On souffre en tout cas», dice; sufrimos de todas las maneras.

Estela Costas Gandón; Daloa, Costa de Marfil

La participante de la Tontine más joven, Mariam, comparte de forma abierta y con firmeza que ella quiere irse a España con su bebé. Las demás vecinas se ríen a carcajadas cuando la escuchan decir «quiero montarme en el barco. Si hay gente dentro, yo me monto». Mariam se ha informado de cómo puede llegar a España a través de una panadera de la ciudad que se dedica también a buscar clientes para su sobrino «pasador» instalado en Marruecos. Le han dicho que todo el viaje, incluyendo dos billetes de avión Abidjan-Casablanca, le costará 3.500 euros. «Él (el pasador) ha hecho que muchas personas de aquí se fuesen de esta forma. Incluso mi primo está ahora en Marruecos gracias a él. Viene a buscarte al aeropuerto y te lleva a su casa». Mariam no sabe mucho sobre España ni tiene conocidos allí. Cuando le pregunto por qué ha escogido España contesta que sencillamente le gusta el nombre del país y escuchar a la gente hablar en español. Dice con determinación: «si me voy, voy a encontrar trabajo». Y esto arranca de nuevo la risa entre las demás. Porque, tal vez, se toman con sentido del humor lo que perciben como un pensamiento ingenuo.

Dice Aminata, la anfitriona de la reunión, que en todos los países se puede tener éxito. Por eso desea que se lleven a cabo cambios en su propio país, porque el problema es que faltan oportunidades de empleo. Para Abdoulaye, la solución podría empezar por deslocalizar empresas a Daloa en lugar de ampliar el cinturón industrial de Abidjan: «aquí hay espacio para instalar una fábrica. Si hay empleo, hay prosperidad, y entonces, ¿qué sentido tendría jugarse la vida en el agua?». Como dijo Aminata, «aquí también se puede ser feliz».  

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