Los que han perdido todo

Reportaje de Noelia Rodríguez. Visita a los campamentos de Khar Yalla y Diougop

A diez kilómetros de Guet Ndar, en la Lengua de Barbarie, los pescadores que han perdido sus casas debido a la erosión costera y a la subida del nivel del mar han sido reubicados, desde el 2016, en el asentamiento de Khar Yalla y en el de Diougop, este último establecido el pasado 2019 (que se prevé que se termine de construir a finales de este año). A pesar de que ambos campamentos aglutinan un número elevado de personas, entre ellas, niños, cabe destacar que las condiciones de vida del campamento de Diougop se podrían calificar como ‘más adversas’ en comparación con las de Khar Yalla. Aun así, no hay que perder de vista el hecho traumático que se posiciona como denominador común de cada una de las familias que allí viven: la pérdida de sus hogares.

En el siguiente informe, se presentarán las condiciones en las que esta enviada de FEI vio los campamentos, para después proceder a destacar los aspectos que  aquejan a los pescadores desplazados. Cabe resaltar a su vez que, no solo hay familias del barrio de Guet Ndar, también se pueden encontrar desplazados de Santhiaba y de Goxu Mbathie, todos en la Lengua de Barberie, si bien el más afectado es el que se ha mencionado en primera instancia.

Los campamentos de Khar Yalla y de Diougop, están situados a unos seis y diez kilómetros de Guet Ndar, respectivamente.  El manto de plástico que cubre la tierra sobre la que se levantan las casas de Khar Yalla, – hechas con adobe y placas de aluminio – junto al residuo de las aguas fecales y los restos disecados de pescado, inunda el ambiente de un hedor difícil de soportar. En este campamento viven actualmente 68 familias, según cuenta uno de los pescadores residentes, Aby Buguaye, de 70 años. Este pescador, que perdió su casa en el año 2016, expone que antes su casa se encontraba a unos siete kilómetros del mar, pero que por culpa de la erosión costera el océano se tragó su casa con una fuerza voraz, y sentencia que todavía hay gente en Guet Ndar que no ha podido desplazarse a pesar de haber perdido sus hogares.

Fotografía del terreno colindante al campamento de Khar Yalla cubierto de plástico y aguas residuales
Interior de una vivienda de una familia desplazada en el campamento de Khar Yalla

Cada una de las familias dispone de una casa de entre 35 y 40 m2 con tres habitaciones, un baño, una cocina y un patio central. Organizadas en rectángulos, en cada manzana se ubican seis casas, número que no determina en absoluto la cantidad de personas que habitan por vivienda. El barrio pesquero de Khar Yalla es el de mayor densidad demográfica de toda África, y se estima su edad media en 14 años. Por ello, lo más habitual es encontrarse a familias de hasta diez miembros conviviendo en un espacio reducido. El sistema de organización urbana empleado para este asentamiento forma calles paralelas, que por supuesto nunca están vacías. Las carcajadas y los gritos de los niños es algo de lo que el barrio no carece, porque muchos de los niños que allí viven no van al colegio.

Una de las calles del campamento de Khar Yalla. Al fondo, un grupo de niños jugando

Como explica una de las madres de familia, aunque la casa tenga espacio para hacer otra habitación, no tienen derecho. Las casas en las que habitan no son de su propiedad, por lo que no se contempla llevar a cabo ningún tipo de modificación en ellas. Una de las quejas más sonada es que, ONU Hábitat, junto al gobierno de Senegal, no ha tenido en consideración el número de personas que habitan por casa, puesto que la repartición se ha hecho por familia, y no por miembros. Aun con esto, es cierto que el campamento de Khar Yalla se encuentra más cerca de su barrio natal. Los habitantes de este primer asentamiento explican que, anteriormente, todos los desplazados vivían en Khar Yalla, pero no todos disponían de una casa con techo de aluminio, no todos tenían esa suerte. Muchos estaban establecidos en tiendas de plástico en el terreno colindante al actual campamento. Sin embargo, en cada estación de lluvias las tiendas se inundaban y las condiciones de vida se hacían, todavía, más adversas. Por ello, desde pasado 2019 las familias afectadas por las inundaciones fueron trasladadas a un nuevo terreno, esta vez gestionado por UNOPS (Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos).

A la entrada del campamento se encuentra lo que queda de un cartel de ONU Hábitat

Diougop, a unos diez kilómetros de Guet Ndar, y a diferencia de Khar Yalla, se compone de más de cien carpas que como base tienen barras de aluminio, cubiertas después con nilón. Una sola puerta de entrada y dos ventanas diminutas son todo de lo que dispone cada cubículo. El suelo se cubre con una lona de plástico, y automáticamente encima van los colchones. Aquí las tiendas se levantan sobre arena, para impedir así que en la estación de lluvias se inunden. Los habitáculos no tienen ni baño ni cocina, estos servicios son públicos, por lo que las familias tienen que organizarse estableciendo horarios para poder usarlos.

LAS CHARLAS CON LOS PESCADORES

Según relatan, muchos de los padres de familia se encontraban en Mauritania faenando cuando perdieron sus casas. Es el caso de Malick Mbaye. Su mujer y sus hijos sí se estaban en la vivienda en el momento en el que el mar arrasó con todo. La suya, y el resto de familias afectadas fueron reubicadas en un colegio, donde permanecieron seis meses. Después vino Khar Yalla, que se convirtió en su hogar durante dos años, y actualmente Diougop. Luego de tantos vaivenes, Malick Mbaye explica furioso su situación. Cuenta que normalmente deberían de comer tres veces al día, pero la falta de medios les obliga a reducir las raciones diarias al desayuno y la comida, aunque a veces no da siquiera para eso. No hay hospitales cerca, y tampoco colegios, a pesar de que el pasado 2020 se crease una escuela infantil por iniciativa de un equipo de profesores.

En el interior de una de las tiendas del campamento de Diougop, uno de los pescadores relata la situación en la que se encuentran

Como relata un grupo de cinco hombres, los pescadores ‘no saben hacer otra cosa más que pescar’. Su economía gira en torno a la pesca, pues en esta cadena productiva no solo participan los hombres, sino que las mujeres son las encargadas de vender en los mercados el pescado que sus maridos han traído a casa. Toda la familia depende de este sector, y no hay indicios de que vaya a cambiar. Los pescadores llevan a sus hijos a trabajar con ellos, les enseñan el oficio y esperan que en un futuro se conviertan en buenos pescadores, lo que indirectamente capa las posibilidades de esos niños para aumentar su nivel social, educativo y económico. Se quejan igualmente del abandono de las autoridades y se mofan de las organizaciones internacionales, que cada cierto día, les traen un saco de arroz para que tengan algo qué comer. Según ellos, ese saco de arroz lo podrían comprar si no tuviesen que pagar el transporte para desplazarse todos los días hasta su antiguo barrio para poder trabajar.

Otro de los hombres que se había unido en coro a la conversación, expresa que no tiene miedo a hablar, ni a hablar ni a nada, ‘porque su vida en el campamento es muy dura’. Han perdido la esperanza por completo, sienten que las autoridades políticas les mienten, y se quejan de la dificultad de acceso al hospital más cercano. Una de sus quejas es la cantidad de mujeres que han tenido que dar a luz en el campamento por la imposibilidad de desplazarse a un centro de salud. Su día a día se resume en ir y volver de Guet Ndar – siempre que la marea esté en condiciones para poder salir a pescar, pues las embarcaciones de las que disponen son pequeñas y frágiles, y con la fuerza del viento y de las olas podrían volcar fácilmente – y dormir. Cuando no van al barrio, forman corillos en el asentamiento y discuten de cualquier tema, uno de ellos, la migración.

Campamento de Diougop. En el centro, una de las cocinas públicas
A pesar de que la mayoría de las tiendas están hechas con aluminio y nilón, hay familias que han construido sus propias viviendas con cartón y plástico

El mayor de los presentes afirma que ‘si ves que la gente se va clandestinamente a España es porque la vida aquí ahora mismo es muy cara, el Estado no nos ayuda’. Este tipo de afirmaciones se repiten con asiduidad, tanto que, Papi Seck, sentencia que si tuviese dinero para irse lo haría sin pensarlo, ‘pero hoy, por ejemplo, no tengo ni 25 francos CFA’. Exponen que es por esta desesperación que la gente ni hace caso a las autoridades ni tiene intención de dejar de mirar la migración irregular como una opción. Dicen que ‘cuando no tienes qué comer te revelas y te da igual hacer lo que sea para ayudar a tu familia’. Barça o Barçak (muerte en wolof) decreta Seck.

Un grupo de niños juega entre las tiendas del campamento de Diougop

Existe un sentimiento generalizado en Diougop, y es el deseo de poder amasar la cantidad de dinero suficiente como para poder costearse el viaje a Canarias. Uno de ellos, Malick Mbaye, afirma que hace muy poco ‘le ofrecieron irse a las islas españolas, pero que rechazó porque su hijo más mayor tiene siete años’. Mbaye teme que si se va, y muere, su familia pase de tener pocos ingresos a no tener. ‘A pesar de la dificultad, yo voy a quedarme aquí y aceptar el compromiso y la responsabilidad que tengo con mi familia. Aguantaré a pesar de la dureza de nuestra realidad’, dice Malick Mbaye. El hecho de tener hijos pequeños, y sobre todo tener hijas y ningún varón, parece ser un pequeño dique de contención en las ambiciones de salidas irregulares de los pescadores hacia Canarias. Algunos padres de familia esperarán a que sus hijos crezcan y puedan asegurar que aunque mueran en el camino alguien pueda sustentar la economía familiar; otros sin embargo ya están demasiado viejos para irse, y se limitan a resignarse.

Afirmaciones como ‘la paz está en España’ dejan entrever que la desesperación, la falta de asistencia útil a estas familias por parte del Estado, y la imposibilidad de poder trabajar todos los días forma un caldo de cultivo en el que las ambiciones de partida se convierten en un imaginario compartido. Papi Seck, el pescador decidido a irse tarde o temprano, relata cómo su hermano llegó a las islas Canarias. También pescador, con su piragua de pesca y gracias a los acuerdos para faenar en aguas mauritanas, emprendió la ruta canaria desde este país como una forma de acortar la distancia. Concluye diciendo que ‘la mayoría de los senegaleses que han llegado son pescadores. Es menos sospechoso para nosotros porque los acuerdos de pesca nos permiten estar en Mauritania por temporadas, así que la mayoría se van ahí, preparan el viaje y parten hacia España’. Otro tema que se tocó en aquella conversación fue el de los estafadores y los ‘falsos organizadores de viajes’.  De vez en cuando, cuando la demanda para partir hacia España es muy alta, los bandidos se aprovechan y organizan viajes que nunca se producen. El modus operandi es cobrar a los viajeros y citarles en la playa de la que supuestamente saldrá su piragua. Pero esa piragua nunca aparece. Por otro lado, se remarca el deseo de las familias de poder mantener diálogos con las autoridades políticas, pues reclaman soluciones reales.

CONCLUSIONES

La geografía del norte del país, en especial de Saint Louis, con acceso directo al mar, numerosas lagunas, la presencia del río Senegal y su desembocadura al océano Atlántico, permiten altas posibilidades de movilidad, lo cual es bien sabido por los pescadores de la Lengua de Barberie. Por otro lado, la presión demográfica de la zona, unido a la falta de trabajo de los pescadores que han sido desplazados por causas climáticas derivan en una desesperación generalizada y una pérdida de perspectiva de futuro. La falta de políticas sociales que apoyen a estos pescadores y a sus familias e incidan en el acompañamiento y asistencia social podría derivar en un repunte de la voluntad de partir hacia España por vías irregulares, factor que no puede ser ignorado. Otro elemento para tener en cuenta es la reciente proposición de partida que se hizo a uno de los pescadores, que fue rechazada por motivo de sus hijos. Sin embargo, de esto se extrae que se están organizando nuevamente viajes irregulares desde Saint Louis. De hecho, fuentes locales confirman la detención el pasado 19 de marzo de tres organizadores y once posibles viajeros en esta región, lo que ratifica dicha teoría. Además, cabe destacar que otro de los pescadores sentenciaba que cumpliría su ambición de ir a las islas Canarias en cuanto tuviese el dinero para pagar el viaje. Actualmente, los mercados están abarrotados por la cantidad de productos agrícolas que se han cosechado a lo largo del año, tales como zanahorias, cebollas, patatas o tomates. Esta reactivación y movimiento de la economía podría convertirse en un modo de recaudar el dinero suficiente como para cumplir las ambiciones de los migrantes.

Los pescadores por su parte, ponían el grito en el cielo por los mismos motivos: la lejanía del asentamiento con respecto a su barrio natal, la obligación de tener que pagar el transporte para poder trabajar y para llevar a los niños al colegio, la falta de compromiso de las autoridades para resolver sus inquietudes, la lejanía de servicios básicos como los hospitales, el calor insoportable dentro de las tiendas cubiertas con nilón y la falta de organización en la distribución de tiendas, que a pesar de tener capacidad, según la UNOPS para hasta cinco personas, la realidad es que en cada una de ellas duermen hasta siete. Incidir, escuchar y resolver las inquietudes de las familias en estos campamentos podría resultar en un descenso en las ambiciones de partir a España irregularmente, además de mejorar las condiciones de vida de las familias que han perdido todo lo que tenían.

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