Un ejército europeo: ¿la clave de la independencia geoestratégica de la UE?

Autora: Pilar Rivas Valiente. Estudiante de Economía y Relaciones Internacionales.

RESUMEN

La Unión Europea lleva años persiguiendo una mayor colaboración en el ámbito de defensa para lograr mantener su seguridad y su posición en el mundo. Sin embargo, el ejército europeo sigue sin ser una realidad por la existencia de importantes obstáculos que deben ser afrontados. Además, se han elaborado nuevas propuestas militares que debemos analizar. ¿Es, pues, el ejército europeo una posibilidad a corto plazo?

ABSTRACT

The European Union has spent years looking for more collaboration in the defense field in order to maintain its security and its position in the world. However, the European army is still not a reality due to the existence of important obstacles that must be faced. In addition, we should analyze new military proposals that have been developed. So, is the European army a short-term possibility?

La Unión Europea ha de afrontar numerosos retos, tanto políticos como geoestratégicos. Ejemplos de estos son el conflicto en Crimea, el terrorismo internacional, los refugiados sirios o la afluencia masiva de inmigrantes; entre otros. Así, a nivel militar, la UE encuentra el problema añadido de las exigencias de EE.UU. para aumentar su financiación de la OTAN. De momento, el enfoque europeo para su independencia ha evolucionado desde la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) hasta la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO), el Fondo Europeo de Defensa (EDF) y la Iniciativa de Intervención Europea (EI2).

La Unión busca su “autonomía estratégica”. ¿Es un ejército europeo la solución para ella? Y, si lo fuera, ¿podría constituir una realidad a corto plazo? Para responder a estas cuestiones, primero aclararemos el concepto de “autonomía estratégica” que, aunque se suele asociar a facultades militares, tiene tres dimensiones: política (estrategia), operativa (capacidades) o industrial (equipos). Estas se han ido combinando a lo largo del tiempo de distinta forma.

En 1999, el Consejo Europeo de Colonia se centró en la “autonomía de acción”, sin pretender crear un ejército europeo para no duplicar a la OTAN. Así, se focalizaba esencialmente en la dimensión operativa, sin vislumbrarse razones estratégicas o industriales de fondo.

En 2003, se intentó con la Estrategia Europea de Seguridad, aclarar primero las metas geoestratégicas, para luego desarrollar las necesidades operativas y las industriales. Desde 2011, la Comisión Europea se centró más en la dimensión industrial y tecnológica y, para ello, se creó la Base Europea Tecnológica e Industrial de la Defensa (EDTIB). Esta herramienta busca realizar un esfuerzo para la compra conjunta de material militar (con objeto de no duplicar gastos) y emanciparse de la tecnología estadounidense.

 Soldiers carrying the EU flag
‘Soldiers carrying the EU flag’
© European Union 2014 – European Parliament

Nuevamente, esta idea alteraba el equilibrio, pero esta vez hacia las cuestiones industriales, desarrollándose equipos antes de saber para qué serían empleados. Para evitarlo, en 2016 se presentó al Consejo Europeo la Nueva Estrategia Global para la Política Exterior y de Seguridad de la UE. Sin embargo, en ella sólo se planteó la importancia de intervenir en conflictos externos mediante la gestión de crisis con la protección de la población y el refuerzo de capacidades de esos países vulnerables, pero no una estrategia de defensa como tal.

Una vez comprendido el funcionamiento de las dimensiones de la autonomía estratégica en Europa, procedamos a ver el desarrollo histórico de la defensa comunitaria.

En 1950, Francia propuso fundar la Comunidad Europea de Defensa (CED), pero ella misma lo descartó en la votación de la Asamblea Nacional, puesto que su prioridad eran las cuestiones coloniales y no deseaba añadir gastos adicionales.

Posteriormente, en el Tratado de Maastricht (1992), se acordó que los líderes europeos implementasen una Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) que se pudiera traducir a largo plazo en una defensa común. La idea de la defensa conjunta fue remarcada por Chirac y Blair en la declaración de Saint Malo de 1998.

En 2015, el ahora expresidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, también hizo hincapié en la necesidad de un ejército europeo para fortalecer la posición europea en el mundo y, especialmente, ante Rusia.

Se han ido dando pasos en pro de la integración europea en el ámbito de seguridad y defensa, contando, pues, con órganos de planificación y dirección (el Comité Militar y el Comité Político y de Seguridad), junto a la Agencia Europea de Defensa, así como con ciertas capacidades militares propiamente comunitarias (los Grupos de Combate de 2007).

Tras la aprobación del Tratado de Lisboa (2009), debemos matizar varias cuestiones. Primero, la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD), donde se incorpora la noción de ayuda mutua, que luego fue invocada por Francia en los atentados de París de 2015. El problema fue que esta cláusula se puso en marcha de forma bilateral entre los Estados, porque no existía una cooperación permanente entre ellos y hubo escasa participación de las instituciones de la UE. Para solucionarlo, se establecieron en 2017 la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) y el Fondo Europeo de Defensa (FED).

En 2018, Merkel y Macron reiteraron la importancia de un ejército europeo. Sin embargo, a pesar de que parece que éste era el último impulso para conseguir la meta, se dan aún numerosos obstáculos para materializarla.

Por una parte, encontramos que han vuelto a aflorar nacionalismos por Europa, que no pretenden renunciar a su soberanía en materia de defensa nacional. También, carecemos de un gobierno verdaderamente común en la UE al que se subordinara ese ejército, por la fragmentación entre la Comisión y el Consejo Europeo. Igualmente, el presupuesto destinado a defensa es insuficiente y no parece que vaya a aumentar considerablemente si atendemos a la austeridad económica que caracteriza a la UE desde la crisis de 2008. Por otro lado, nos topamos con el Brexit como factor desestabilizador de la defensa europea, pues Londres proporcionaba muchos recursos económicos para esta partida europea. Por último, sería esencial erradicar las diferencias en cultura estratégica de los diferentes Estados miembros.

La última de las trabas fue abordada por Francia con la Iniciativa de Intervención Europea (IE2), una especie de intercambio militar fuera del marco de la UE en el que los oficiales trabajan juntos en intercambio de inteligencia, prevención y planificación para responder rápidamente en caso de darse cualquier tipo de crisis. El problema es que la IE2 no es inclusiva, pues Macron consideraba que la existencia de muchos miembros ralentizaría la actuación eficaz.

Como conclusión a todas las cuestiones arriba planteadas, podemos afirmar que los europeos llevamos tiempo asumiendo que la seguridad es un bien permanente y sin cuestionarnos que nuestra posición de potencia dominante podría ser desplazada en el panorama internacional. Así, hallamos desequilibrios entre las tres dimensiones de la “autonomía estratégica” y aún no hemos logrado desarrollar un ejército propio. Con perspectivas de futuro, éste debería basarse ampliamente en la inteligencia artificial (que sienta sus bases sobre la ya mencionada EDTIB).  Así, un ejército europeo sería una de las claves para asegurar nuestra defensa ante terceros y reavivar el espíritu de la integración europea… pero parece una meta, como mínimo, a medio plazo.

13 de mayo de 2020

ISSN 2340 – 2482

Palabras clave: Ejército europeo, autonomía estratégica, Unión Europea

Key words: European army, strategic autonomy, European Union

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