Babi est doux

Estela Costas Gandón; Abidjan, Costa de Marfil; 8 de febrero de 2022

Plateau de Abidjan 01/02/22. Fotografía de Estela Costas Gandón.

La pasada primavera terminé un máster y se abrió ante mí el clásico vacío de toda estudiante que ya no puede continuar con el piloto automático por el camino marcado del mundo académico. Había que zambullirse en el terreno laboral. Había que elegir. Y yo necesitaba encontrar unas prácticas. Idealmente remuneradas. Idealmente. Esto es una obviedad en cualquier rincón del Norte Global excepto en la Península Ibérica, donde se ha convertido en tradición trabajar a cambio de experiencia y no de, al menos y desde la modestia, seis centenas de euros mensuales. Pero saber qué hacer y dónde y cómo hacerlo no es fácil. ¿Qué hago? ¿le doy la patada a las Relaciones Internacionales y me formo en permacultura? ¿estudio un segundo máster? ¿vuelvo al rural gallego? Estaría bien aprender a hacer queso de oveja, ¿no? ¿o vuelvo a Madrid? Espera, ¿qué voy a hacer yo en Madrid? ¿me gusta en realidad Madrid? ¿me gustan en realidad las Relaciones Internacionales? ¿qué son las Relaciones Internacionales? ¿y si me voy a una ciudad de Oriente Medio? «Español Lengua Extranjera», ¿por qué no? ¿periodismo? ¿Unión Europea? ¿cómo voy a irme yo a Bruselas?

A las puertas del verano pasado seguía combinando mi vida online (un máster y cuatro horas semanales de árabe estándar moderno) con mi vida presencial en casa de mis padres. Fue como volver al instituto, pero sin instituto. En vez de calcular derivadas o leer apuntes sobre la regencia de María Cristina, diseccionaba artículos de Al Jazeera y creaba con mis compañeros online campañas de comunicación ficticias contra los planes urbanísticos que aplastan los derechos humanos en la Cañada Real Galiana o sobre justicia medioambiental en la agricultura marroquí.

Entre interrogantes y vida virtual, recibí un mensaje de quien había tutorizado mi TFG sobre Costa de Marfil y su proceso de construcción de paz posbélica. En la pantalla de mi móvil ponía: «Prof. Alberto Muro: Estela, estoy dándole vueltas a una idea que tal vez te interese. Tendremos que charlar». Unos días después descubrí el proyecto «Expediciones de FEI». Alberto Muro me dijo que sencillamente tenía que hacer dos cosas para formar parte. Uno: irme. Dos: contar cosas. Entendí que en definitiva y desde la ambición, Expediciones pretende dar a sus colaboradores la oportunidad de ser un poco Kapuscinski. Su motivación principal es mostrar otras partes del mundo más allá de las fronteras europeas con un foco temático en las migraciones y geográfico en África occidental, aunque abierto a otras regiones globales.

Para mí Expediciones es, además de un bonito proyecto de investigación y comunicación internacionalista, un instrumento que ayuda a luchar contra los discursos de odio. Centrémonos en la inmigración. Para muchos españoles ésta es una amenaza. Una amenaza a la cultura, amenaza al empleo, amenaza a la estabilidad, a la economía y a la seguridad. Sin embargo, esta percepción de la amenaza no se corresponde con la realidad. Según datos del proyecto Missing Migrants de la OIM, en 2021 desaparecieron en el mar Mediterráneo 2.048 personas. La ruta que conecta el norte del Magreb con el sur de Europa es una de las más letales del mundo. Pero la xenofobia crece. Y Expediciones busca hacer entender escenarios sociales opuestos y que resultan muy lejanos, mediante la información traída desde el terreno de origen. Para combatir prejuicios con empatía.  Para explicar bien lo que sucede lejos.

Plateau de Abidjan 01/02/22. Fotografía de Estela Costas Gandón.

Tomemos como ejemplo el caso de mi abuela Mari. Mi abuela Mari es una señora de setenta y cinco años que va al mercado por las mañanas y cuida de su huerto o de su jardín por las tardes. Ve el telediario todos los mediodías (primero el de televisión de Galicia y después el de RTVE), de vez en cuando compra el Faro de Vigo edición Morrazo, en el coche escucha Radio 5 y también comparte cadenas de vídeos, a veces de actualidad política, en grupos familiares de WhatsApp. Es decir: mi abuela Mari incluye a los medios de comunicación en su rutina diaria y, por lo tanto, está informada y pendiente de lo que ocurre en el mundo. Pero nuestras conversaciones telefónicas se cierran siempre con un «anda con mucho cuidado» lleno de preocupación. Y este mensaje no se corresponde en absoluto con mi vida en Costa de Marfil. Su imagen de «África» no es mi imagen de «África». Y cuando comparto con ella lo que veo, siento que su visión global puede ampliarse. Ese es el fin último de Expediciones.

La primera vez que pisé tierra marfileña hace tres años fue por casualidad. Mi zona geográfica de interés se alejaba mucho del golfo de Guinea. Pero ante la desesperación de encontrar unas prácticas, respondí a un correo electrónico del Ministerio de Asuntos Exteriores con su lista de destinos de prácticas que habían sobrado. Era un correo de repesca. La última llamada. Las embajadas y consulados estaban ordenados alfabéticamente. Así que el primer destino era Abiyán. «Buscador Google. Control C. Abiyán. Control V. Vale. Capital económica de Costa de Marfil. Ni idea. Creo que es un país francófono. Sí. Bueno. Pues envío mi candidatura».

Al volver a casa después de cuatro meses en el trópico estaba completamente obsesionada. Solo escuchaba música afrobeat y si tenía que elegir un tema para trabajos académicos, eran siempre sobre el mismo país u otro de la CEDEAO. Tenía muchas ganas de volver porque sentía que no había descubierto el país de verdad. Que me había quedado en la superficie. Kapuscinski escribió en Ébano: me irritaban aquellas personas que al llegar a África se instalaban en la «pequeña Europa» o en la «pequeña América» (es decir, en hoteles de lujo) y al regresar a sus países presumían de haber vivido en África, a la cual no habían visto en absoluto. Al leer esta frase sentí que Ryszard me estaba interpelando de forma directa. Me di cuenta de que no conocía Abiyán en absoluto. Me había comportado como una turista a largo plazo y tenía una cuenta pendiente con poner un pie en la vida à l’ivorienne (a la marfileña).

Plateau de Abidjan 01/02/22. Fotografía de Estela Costas Gandón.

A partir de este septiembre con Expediciones descubrí otra Costa de Marfil. Las condiciones de partida gritaban «aventura» y entendí que el trabajo de plasmar lo que se ve obliga a estar abierta y atenta al entorno. Tal y como hace todo el mundo aquí, empecé a dirigirme hacia los desconocidos en términos familiares y a hacer tres preguntas antes de plantear lo que se quiere pedir en realidad. De forma que antes de explicarle a un taxista hacia donde quiero ir o de preguntarle a una vendedora de fruta a cuánto está el mango, me encuentro a mi misma repitiendo las fórmulas de cortesía más comunes que suelen tener el siguiente formato: «buenos días, cariño, ¿has dormido bien?» ¿qué tal la familia?», «¿qué tal la salud, hermana mía?» o «gracias, mamá». Lo que más me gusta de este país es eso. El sentido de comunidad. La gente se ayuda, se habla fluidamente, se reúne, se ríen mucho, también se enfadan sin reparo, y, en definitiva, se comunican mejor. Creo que decir que «sus» habilidades sociales son considerablemente mejores a las «nuestras» no es un estereotipo. Puede que en parte sea el resultado de un clima que obliga a sus habitantes (quienes no tienen aire acondicionado o viven cerca de la brisa marina, claro) a abandonar sus casas en cuanto sale el sol. Pero creo que es más profundo que eso.

Plateau de Abidjan 01/02/22. Fotografía de Estela Costas Gandón.

Expediciones es una aventura porque no hay nada escrito. Hubo por supuesto una planificación previa con varias líneas de investigación que incluían incluso una ruta por diferentes ciudades marfileñas. Pero eso no ocurrió. Al llegar aquí me costó aterrizar no solo en Abiyán sino en el mundo de la investigación y de la comunicación. Mi estatus fiscal me dice que soy periodista freelance. Pero como eso me huele a intrusismo laboral y para no ofender a los verdaderos periodistas, he empezado a decir que soy investigadora. A secas. Los temas que me apetece investigar aparecen a medida que me sumerjo más. Cuando comento con Alberto lo que he visto o escuchado, él me ayuda a encauzar y dar forma a las ideas. Para quienes se quieren dedicar a las Relaciones Internacionales, Abiyán es una tierra de oportunidades. A la gente que encuentro en las soirées les gusta hablar de sus trabajos y es muy sencillo crear lazos profesionales. Por eso creo que Expediciones es también una casilla de salida. Es una forma de empezar en el extranjero y de crear una especie de carta de presentación. Un portfolio de trabajo que denota conocimiento del lugar.

Plateau de Abidjan 01/02/22. Fotografía de Estela Costas Gandón.

«Babi est doux» (Babi es dulce; Babi es la forma cariñosa de llamarle a la ciudad de Abiyán) se ha convertido en un mantra marfileño. El olor predominante en las calles abiyanesas es una mezcla de cacao tostado, pescado secado al sol, humanidad en movimiento y neumático carbonizado. Y a pesar de eso, la cercanía social, los treinta grados húmedos, los plataneros, la música coupé-décalé, el sueño cromático postimpresionista y el caos lento, le dan luz a la ciudad. Le dan, efectivamente, dulzura. Abiyán es dulce.

Plateau de Abidjan 01/02/22. Fotografía de Estela Costas Gandón.
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