Lo que esconde el río Saloum

Djiffer, en el departamento de Fatick, se encuentra a unos 185 kilómetros de Dakar, y a pesar de que la actividad económica se centra casi en exclusiva en la extracción de sal y la pesca, el puerto de esta localidad se postula como uno de los puntos de acogida de los migrantes intraafricanos. Se estima que la población en la punta de Djiffer es de unos 2000 habitantes, de los cuales la mayoría son extranjeros. Según testimonios locales, gran parte de las pequeñas tiendas, donde se venden víveres de todo tipo, las ostentan los malienses. Sin embargo, también existe una diáspora procedente de Guinea Conakry que no se debe ignorar. Este último grupo se ha ido incorporando poco a poco en las actividades de pesca, pero no con la intención de asentarse en el pueblo, sino más bien para amasar la cantidad de dinero suficiente como para continuar la ruta migratoria hacia Europa, de acuerdo con lo expresado por los pescadores de la zona.

Este punto de Senegal es la tierra de las poblaciones serer y mandinga – de mayoría católica y proveniente de la Casamance – quienes practican el animismo y cuya presencia en la zona sur de Senegal tiene un peso abismal. A diferencia del panorama religioso del país, – de mayoría musulmana – aquí predominan las iglesias por encima de las mezquitas. Estos grupos étnicos son tradicionalmente migrantes potenciales, no solo por los grandes desplazamientos que se produjeron desde la Casamance hacia el norte durante las rebeliones por la independencia, sino porque el motor de la actividad económica siempre se ha situado en el hemisferio norte del país. Por ello, los habitantes locales de la península de Palmarín aseguran que migran, no solo para ayudar a sus familias, sino para en un futuro lanzarse al océano Atlántico en busca de un mejor futuro.

Además de la extracción de la sal y la pesca, los naturales de la península de Palmarín, incluyendo a los de la punta de Djiffer, han sabido explotar el potencial turístico del lugar, y las decenas de albergues ecológicos que se han construido son claros indicios de ello. Los paseos en cayuco hasta las islas del Saloum, las visitas a la sabana para observar hienas en su entorno natural o las guías a los pozos de sal han dado de comer a la mayoría de la población. Sin embargo, y como ocurre en todos los países receptores de turistas, la pandemia sanitaria ha golpeado ferozmente a la población local. No se debe descartar que esta falta de ingresos, sobre todo de los más jóvenes, podría provocar una nueva oleada de salidas hacia las islas Canarias.

Hiena en la sabana de Palmarin, entre los manglares del río Saloum. Fotografía de Noelia Rodríguez

Por otro lado, lo que hace curioso a este pueblo no es solo la diversidad de nacionalidades presentes, más bien es su geografía lo que lo distingue de otros enclaves de Senegal. La punta de Djiffer, de unos dos kilómetros, se posiciona como la tierra divisoria entre la desembocadura del río Saloum y el océano Atlántico. Por su parte, el parque nacional del Delta del Saloum es el segundo en extensión – con una superficie de 76.000 hectáreas – después del de Niokolo-Koba, al sureste del país, y es Patrimonio de la Humanidad desde el año 2011.

Conocido como el “Amazonas” senegalés, el Delta del Saloum se compone de veinticuatro islas, manglares, bosques secos y santuarios para las aves. Las múltiples salidas que tienen ambos ríos al mar tienen como resultado la creación de un mosaico paisajístico de 500.000 hectáreas en total, de las que 76.000 se convirtieron en parque nacional en el año 76. La cadena de islas y los bancos de arena hacen casi imposible mantener una vigilancia efectiva en la zona, algo que se ha sabido aprovechar por los habitantes locales.

Infografía del Delta del río Saloum y Djiffer. Elaborada por Alessandra Pereira e Ivet Saiz

Según cuentan los pescadores de Djiffer, durante la crisis del 2006, incluso en los años 2003, 2004 y 2005, muchos migrantes decían partir desde este punto porque vigilar el Delta en su totalidad es casi imposible. De hecho, los habitantes locales se mofan de las fuerzas de seguridad, pues a pesar de los esfuerzos que realizan para controlar la zona solo los locales conocen los escondrijos del grandioso Delta del Saloum. Por ello, esconder los cayucos que se preparan para salir es sumamente fácil para los organizadores.

Además, el río funciona como guía para los migrantes internos, pues se ha dado el caso de que migrantes provenientes de la zona de Kaolack, a los pies del río Saloum, llegaban directamente al Delta siguiendo su flujo, y una vez llegados, al menos en 2006, había pescadores dispuestos a hacerles hueco. Otro punto interesante de la geografía de esta zona es su proximidad a Gambia, lugar de destino y de partida de muchos senegaleses hacia las islas Canarias por el simple motivo de que “la policía en este país es más corrupta, y se puede llegar acuerdos para que te dejen partir”, según lo dicho por varios migrantes.

Isla de Dionewar, en el Delta del Saloum. Fotografía de Noelia Rodríguez

Tal es el tráfico de cayucos en este enclave y la complejidad para controlarlo que hace escasos meses, en concreto a finales de enero, las autoridades senegalesas abrieron un puesto de vigilancia costera en Missirah, en la zona sur del Delta del Saloum, – tradicionalmente menos controlada – para aumentar la presión policial y disminuir la migración por vías irregulares, puesto que la zona sur, más próxima a Gambia, es el punto del que parten la mayoría de los cayucos. Además, se están construyendo otros dos puestos de vigilancia en Bétanti y Djinak, también en la zona sur del Delta. No obstante, esto es bien sabido por los migrantes, así que actualmente aseguran que, en caso de salir, lo harían desde la zona norte del Saloum donde la presencia policial es menor.

Por supuesto, como ocurre en todo el país, el debate de la migración está a flor de piel. No importa el año, tampoco la edad. La migración es un tema que está profundamente enquistado en la sociedad senegalesa y que no parece que tenga fácil solución. Hasta en los rincones más inhóspitos de Senegal hay quienes han partido hacia Canarias, y también hay quienes están dispuestos a irse. No tiene que ver con una cuestión de localización, más bien se ha tornado en un aspecto cultural. Mamadou Ndiaye, pescador asentado en Djiffer pero natural de Mbour, comenta que el fenómeno migratorio en la región de Fatick – y en particular en las islas de Saloum y la punta de Djiffer – comenzó antes de la primera ola migratoria hacia Canarias, nada más y nada menos que en el 2003. Él, sin embargo, no había intentado salir del país por la vía irregular hasta el año pasado, haciéndolo en los meses de octubre, noviembre y diciembre, y coincidiendo así con los momentos más duros de la crisis migratoria del 2020. Pero no es el único que lo hizo, muchos de sus amigos también lo intentaron. Y lo consiguieron.

Cayuco de Foundiougne aterrizando en la orilla (orilla norte, hacia Fatick). Fotografía de Gastel Etzwane, recuperado de Wikimedia Commons
CC BY-SA 4.0

Mamadou partió desde Gambia, pues dice que el acceso tanto por mar como por tierra al país vecino es fácil, y además cuenta con una diáspora senegalesa de gran peso que ayuda a su vez a crear redes de contacto para organizar los viajes. Su motivación para iniciar la ruta no era otra que el sentimiento de inferioridad con respecto a su hermano, quien vive en Europa desde hace más de quince años.

Es importante entender el peso social que tienen los emigrados en la sociedad porque es uno de los factores que impulsan a los que todavía no han partido. En el caso particular de Mamadou, su madre, con la que aún vive, prefiere contar con su hermano emigrado para solucionar problemas económicos antes que con él, lo que le ha generado un sentimiento de frustración que le empujó el pasado año a intentar alcanzar suelo europeo hasta en tres ocasiones. Hoy ha desistido, aunque solo por el momento, pues confiesa que si la ocasión se le presenta volverá a intentarlo.

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