Globalización y europeísmo.

¿Cómo ha afectado la globalización a los valores europeos y cómo lo han utilizado los partidos populistas?

Autores: Eduardo Griñán Lloret y Andrés González Montero. Estudiantes de Relaciones Internacionales.

Resumen

El proyecto de integración que representa la Unión Europea nació con una semilla de esperanza para lograr un continente en paz. El acercamiento comercial y, posteriormente, el mercado común ha sido fundamentales para el florecimiento de la organización, que toma como uno de sus principales marcos de actuación la actividad económica. La esfera comunitaria europea ha propiciado la creación de políticas comunes para encauzar el comercio interno y las relaciones exteriores del continente, relevando a las políticas nacionales en este sentido. Ello ha provocado el descontento de políticos nacionalistas que ven al proyecto europeo como una amenaza a su soberanía nacional, a su capacidad de decisión sobre el futuro de su país. La introducción de la Globalización en esta ecuación y los efectos que ha traído consigo, ha provocado la mayor crisis que se haya producido en el seno de la Unión Europea.

Abstract

The integration project which represents the European Union was born with the hope to achieve a continent in peace. The commercial approach and, subsequently, the common market has been fundamental for the development of the organization, which takes economic activity as one of its main action frameworks. The european sphere has enabled the creation of common policies to channel the inner trade and foreign relations of the continent, in regard of national policies. This has caused the dissatisfaction of nationalist politicians who see the European project as a threat to their national sovereignty, their ability to decide on the future of their country. The introduction of globalization in this equation and the effects that has brought itself, has led to the biggest crisis European Union has ever suffered from.

En la tercera parte del siglo XX, la Guerra Fría se nutre del realismo, siendo la seguridad nacional lo primordial. Pero 1989, la caída de la URSS supuso una rotura de un sistema de bloques con sistemas socioeconómicos antagónicos. A partir de entonces, tuvo protagonismo la cooperación de los Estados, pues sus economías comenzaron a tener relación. Los Estados más desarrollados disfrutaban de la democracia liberal, entendida por Francis Fukuyama como el modelo de gobierno estatal triunfador. Por ello, la única problemática que configuraría la agenda de los próximos años sería la resolución de problemas administrativos, a lo que alude la teoría transnacionalista. El éxito de este modelo se había descrito por convencer de que totalitarismos, extremismos religiosos y nacionalismos, podrían ver sus peticiones apaciguadas bajo el Estado democrático. Aunque en estas relaciones de poder, el mundo menos desarrollado salía perdiendo, pues no veía que estos beneficios llegaran a sus territorios. El estructuralismo estudia esa desigualdad que provocaba el capitalismo, vencedor como modelo económico. Una vez que economías y políticas podían estar relacionadas, era turno de la cultura.

El constructivismo alegó por la formación de identidades, con su raíz en los valores de cada sociedad, en los que parecía indispensable la regulación del comportamiento, rechazando una anarquía internacional. Aun así, las diferencias eran evidentes: Occidente tenía el poder tecnológico y era (y es) el exportador de su modelo de vida. Por ello, se difuminan en el mismo término occidentalización y modernización, mientras que globalización y economía capitalista-neoliberal están encabezados por EE.UU. Pero el poder es cambiante y surgen nuevas potencias en el tablero, como lo es China con su proyecto OBOR.

La globalización trata del ensanche de los límites comúnmente conocidos por una unidad política, entendida esta como el lugar donde se vive bajo unas normas de convivencia que configura el modo de vida. Neoliberalismo y globalización parecen ir de la mano, pero no se puede afirmar, ya que no existe una definición exacta donde el neoliberalismo sea el único sistema que sostenga a la globalización. Sin embargo, el regionalismo parece erigirse como refugio de la globalización, por potenciar la integración hacia adentro contra los desequilibrios exteriores; mientras que también puede ser un factor globalizador, pues puede exportar sus valores. Es el caso de la Unión Europea. Esta dualidad es denominada “paradoja de Castells”. Llega la crisis económica de 2008 y los productos financieros. La burbuja que se creó con sus precios acabó por explotar, pagando los Gobiernos rescates a los bancos con dinero público. La globalización mostró durante esta fase su cara menos amable, repercutiendo en la población y derivando en la desafección al sistema. De ella se nutrieron los populismos. Las medidas contra el Estado de Bienestar con recortes y el empobrecimiento de la población por las pérdidas de trabajo (deslocalización), potenció partidos dormidos en Europa: la extrema izquierda (Syriza).

Por otro lado, las migraciones de esta década han demostrado que la UE necesita de una política migratoria común para regularla, algo de lo que careció a tiempo y provocó que partidos dormidos hasta la fecha de extrema derecha movilizasen a la población (Hungría). Sin hablar ya de las campañas anti-UE con el motivo de acusarla de los males europeos (Brexit). Encontramos entonces al nacionalismo que lucha contra la interdependencia estatal. En definitiva, estos partidos juegan con los sentimientos, en concreto con el miedo, para llegar a la subjetividad extrema del individuo. Para evitarlo no hay que acudir a la radicalización del discurso para atrapar al votante, sino que se deben incluir las peticiones de los desencantados respetando el orden consensuado. El verdadero motivo es el cultural, el pensar que el modo de vida puede ser revertido. Estos aglutinan al “pueblo” definido por ellos mismos, sin importar otra cosa que la demanda fruto de una desafección. J. W. Müller lo califica de “clientelismo de masas”. La acción de la administración debe ser voluntaria y consensuada, tras escuchar la petición popular, con la resolución proyectada por una élite cuya función sea optimizar el resultado de la solución.

Por otro lado, las migraciones de esta década han demostrado que la UE necesita de una política migratoria común para regularla, algo de lo que careció a tiempo y provocó que partidos dormidos hasta la fecha de extrema derecha movilizasen a la población (Hungría). Sin hablar ya de las campañas anti-UE con el motivo de acusarla de los males europeos (Brexit). Encontramos entonces al nacionalismo que lucha contra la interdependencia estatal. En definitiva, estos partidos juegan con los sentimientos, en concreto con el miedo, para llegar a la subjetividad extrema del individuo. Para evitarlo no hay que acudir a la radicalización del discurso para atrapar al votante, sino que se deben incluir las peticiones de los desencantados respetando el orden consensuado. El verdadero motivo es el cultural, el pensar que el modo de vida puede ser revertido. Estos aglutinan al “pueblo” definido por ellos mismos, sin importar otra cosa que la demanda fruto de una desafección. J. W. Müller lo califica de “clientelismo de masas”. La acción de la administración debe ser voluntaria y consensuada, tras escuchar la petición popular, con la resolución proyectada por una élite cuya función sea optimizar el resultado de la solución.

Pantalla virtual de la Tabula Peutingeriana, la primera de las rutas globales. Foto de: Arts Electronica

Por lo tanto, populismo será todo aquel que quiere romper el orden democrático establecido, al que le sobran errores, pero al que no le deben faltar soluciones. Los valores con los que se identifica a Europa ya no sólo encuentran una amenaza de transformación externa, sino que ahora también interna debido a su puesta en cuestión por parte de los movimientos populistas. Soluciones simples a problemas complejos, la máxima de toda clase de populismo. Sus propuestas de cambio ante la globalización no se alejan de esta normativa. Una Unión Europea más débil que nunca debe comenzar a plantearse cómo puede acercarse más a ese pueblo que se siente abandonado por las instituciones comunitarias, que se siente “perdedor” de la globalización cuyos efectos no han podido ser controlados por la Unión.

La UE se nutre de la globalización interna y externamente, con la diferencia de que esta debe poseer instituciones fuertes que regulen los desequilibrios de las manos del laissez-faire. Cuando los valores europeos están influenciados por otros, se da un arma populista: va antes el miedo a la información. La desinformación implica perder Europa, labor que debe dirigir a crear conciencia en sus ciudadanos de su verdadera relevancia.

25 de marzo de 2020

ISSN 2340 – 2482

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